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Claudia González Castro
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LATINOAMERICA
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3. DICTADURAS EN AMÉRICA LATINA 
1960-1980

Las Dictaduras Militares tiene un sitial tristemente privilegiado en la memoria inevitable de toda Latinoamérica. Directa o indirectamente, todos nos hemos visto relacionados, afectados o implicados en algún periodo dictatorial cuya marca indeleble permanece a través de generaciones. A pesar de ser factible identificar en cierto periodo cronológico la convergencia de dictaduras militares (60´-80´), no es la intención de este ensayo examinar unas décadas determinadas. Más bien, la intención es exponer ciertos fenómenos que podrían convertir a América Latina en un territorio fértil para la proliferación de ideologías militares dictatoriales, considerándolas, paradójicamente, una salida hacia el orden  gubernamental. El propósito es presentar acontecimientos que le son propios a las dictaduras y que le dan  unicidad como fenómeno de la historia de Latinoamérica, sin limitarnos a determinados siglos y fechas. Para ello es necesario reconocer un criterio de temporalización indiferente a la cronología. Koselleck, explica esta postura ante los auxiliares cronológicos de clasificación, citando a Koster: “Casi cada época contiene acontecimientos que le son propios, decía Koster.   Una vez que se haya impuesto -en contra de la Historia ejemplar- el axioma de la unicidad, de la irrepetibilidad, entonces se deshace el concepto secular del cálculo aditivo de cien en cien años, como una simple ayuda para la clasificación”[1].

 

 

Si bien América Latina, se divide en un número determinado de países, ningún continente parece estar tan cohesionado históricamente como el nuestro, en el que cada periodo histórico de un país, es la réplica o el anticipo del país vecino. Las dictaduras militares precisamente, agregan una particularidad difícil de explicar, en la historia americana. Podrían entenderse como la consecuencia de un derrotero común en la formación ideológica, que nos infunde una  especie de vocación hacia las dictaduras. Por lo mismo,  es factible hablar de “dictaduras militares” unificadas en una sola descripción que se adapta a todas la experiencias.

 

 

Comprendemos que las dictaduras tienen no solo aristas políticas, sino también económicas, ideológicas y sociales. Examinar  esos factores comunes en la génesis político, social e ideológica  que las hizo posibles, nos entrega un recurso más para la comprensión de la identidad latinoamericana.

 

 

 

 

 

 

 

El legado de la oligarquía

 

            Unos de los factores determinantes, a la hora de enfrentar el tema, es la herencia ideológica y económica de la clase social oligárquica.

 

En los primeros pasos de los estados independientes de América latina, se  establece un nuevo grupo de dominio entre  los emergentes comerciantes, mineros,  hacendados y cafetaleros (estos últimos, en centro América) con sus consecuencias políticas, sociales y económicas.  La Oligarquía tuvo su periodo de desarrollo y predominio en las últimas décadas del 1.800 y las primeras del siglo entrante. Primeramente capturan el poder económico con la explotación de recursos y la consiguiente acumulación de capital entre familias, para posteriormente conquistar el poder del estado. De esta manera la capacidad de decisión de los estados estaba concentrada en un grupo social reducido, vinculado familiarmente. El relato del periodo de modernización en El Salvador que hace Bradford Burns da cuenta de esta situación:

 

“La prosperidad y el poder de los hacendados cafetaleros alcanzó su culminación durante los años 1913-1929, período conocido como la dinastía de los Meléndez-Quiñones por el parentesco de las dos familias que alcanzaron la presidencia. Pertenecían a las principales familias productoras de café. A raíz del asesinato del presidente Manuel Enrique Araujo en 1913, asumió de acuerdo a la constitución el vicepresidente Carlos Meléndez, y ganó al año siguiente la presidencia por sus propios méritos. En 1919, su hermano, Jorge Meléndez, lo sucedió por otros cuatro años, seguido éste por su cuñado, Alfonso Quiñones Molina por otro cuadrienio. Esta dinastía política familiar demostraba la facilidad que tenían los presidentes para manipular las elecciones y seleccionar su sucesor. Además, ilustra la base política cada vez más estrecha de los cafetaleros. En efecto, cada vez menos hombres controlaban la floreciente industria del café, particularmente el procesamiento y la exportación. Durante la dinastía, más que en ningún otro período, los sectores ligados a la exportación de café fueron capaces de monopolizar tanto el poder económico como el político. Obviamente, uno resultaba del otro. La riqueza les confería el prestigio y la facilidad para manipular políticamente. A cambio, el control del gobierno complementaba sus intereses económicos”[2]

 

            Esta convergencia de poder político y económico establece marcadas jerarquías sociales, que definirán un modo de entender la sociedad latinoamericana. La explotación de los estratos sociales bajos, a través del inquilinato (agrícola) o el esclavismo (cafetalero) contribuyeron a la construcción de una idea de poder político-económico hegemónico, centralizado y paternalista, alrededor del cual se ampara la población, en una relación de  supervivencia, que comprendía además la fidelidad y sumisión,  trascendiendo de lo material, hacia lo ideológico. 

 

Bajo el orden conservador, el objetivo y resultado principal de la dominación oligárquica era reproducir la fuerza de trabajo rural y permitir su explotación. A partir del último cuarto del siglo XIX, el campesinado, además, comenzó a proporcionar a la oligarquía otro tipo de recursos: los votos. El control de los sectores campesinos más subordinados convertiría paulatinamente a la oligarquía en el único sector de las clases dominantes que, además de estar económicamente relacionado a un sector social subordinado, podía utilizarlo, en forma estable, como masa de maniobra en las contiendas electorales. Esta circunstancia iba a tornarse particularmente importante a partir de 1920 con el proceso de progresiva apertura democrática”.[3]

 

            No es menos importante mencionar que  las oligarquías  explotaron, económicamente, el modelo monoproductor. La aguda dependencia de la exportación de monocultivos (como el café y el azúcar en Centro América, el salitre y el estaño en América del Sur) hacia una Europa en expansión, generó posteriormente la crisis económica durante la primera guerra mundial, cuando Europa redujo considerablemente el nivel de importaciones arrastrando consigo el  derrumbe  del  modelo monoexportador,  el empobrecimiento de los países del continente americano y su consiguiente retraso tecnológico, cuya superación y modernización será la carta fundamental a la que apostarán años más tarde, las dictaduras militares en Latinoamérica.

 

 

La Profesionalización del Ejército y su Espíritu Autoritario

 

            Durante el predominio de la clase oligárquica en América Latina, los Estados debieron enfrentar una serie de conflictos de clase (la amplia brecha social abre paso a la lucha social), étnicos (el despojo de tierras indígenas y su consiguiente descontento) y territoriales (como la Guerra del Pacífico del cono sur) que generaron la necesidad de un ejército profesional que hasta entonces no existía. La formación e instrucción de tal institución fue encomendada a Alemanes, con una formación prusiana de prestigio internacional. La oligarquía necesitaba de una fuerza que apoyara y resguardara sus intereses políticos y económicos. La prosperidad del momento facilitó la inversión cuantiosa de profesionalizar el ejército en la línea germánica.

 

            Patricio Quiroga nos dice al respecto: “(...) La oligarquía requirió de un ejército profesional para preservar las fronteras nacionales, los enclaves internos, liquidar a los caudillos, expandirse internamente y mantener a raya al movimiento popular; al respecto debe tenerse en cuenta que las policías eran en su mayoría, guardias rurales o bien no existían, como el caso chileno, donde fue fundada en 1927, de manera que desde fines del siglo XIX no fue rara la presencia de altos oficiales germanos como Emil Körner (Chile) o Albert von Sydow (Argentina). Tampoco fue extraño enterarse que entre 1907 y 1914 Bolivia enviaba oficiales a la “Reichwehr”, originándose lo que Jürgen Schaefer calificó como la ´germanización de los ejércitos del ACB`.”[4]

 

La instrucción alemana reorientó la formación militar. Por una parte se puso al servicio de la clase oligárquica y adquiere de ella sus intereses e ideología: En lo económico, resguarda los intereses de la clase dominante; en lo racial, se hace parte del menosprecio y el despojo del indígena que venía practicando la clase oligárquica; en lo social, es un factor represivo de la lucha de clases y en lo político, aprueba el autoritarismo y el empleo legítimo de la violencia.

La prusianización del ejército significó entonces, la elaboración de la imagen del militar-autoridad con participación política y legítimo poder represivo, que se adosará al imaginario Latino Americano en su desarrollo histórico.

 

 Dictaduras Latinoamericanas

 

El derrotero histórico antes descrito sirve de cimiento para entender la naturalización de las  dictaduras militares en Latino América. El pacto colaborativo entre clase dominante y milicia ya era parte del orden institucional establecido, como se advierte en este párrafo de “La Modernización del Subdesarrollo: El Salvador, 1858-1931” de Bradford Burns: “Estos grupos lograron un acuerdo apropiado para excluir a los sectores rurales y a las clases trabajadoras urbanas. Dividieron de esa manera las tareas de gobierno después del 5 de diciembre en 1931. En lo sucesivo, los militares ejercerían el poder político, entre tanto los propietarios en alianza con banqueros simpatizantes, comerciantes exportadores y sectores de clase media urbana controlarían la economía, respetándose entre ellos. El general Martínez tuvo éxito para restablecer el orden oligárquico, sin embargo, no pudo devolver a la nación el estado de prosperidad anterior a 1931. El Salvador estaba entrando en una nueva fase de su historia.”[5]

 

Por otra parte, las diferencias sociales y la pauperización del trabajador decantaron en la  lucha de clases, la adopción de ideologías marxistas y posteriormente la lucha armada (revolución cubana, movimientos guerrilleros en Perú, Bolivia y Venezuela) del trabajador convertido en obrero,  contra una oligarquía convertida en Burguesía.  El ejemplo de El Salvador grafica la nueva situación social: “Los nuevos partidos surgidos representaban los intereses de las clases trabajadoras, medias y de los plantadores y los profesionales, reflejando las transformaciones sociales producidas en El Salvador. Una pequeña pero vociferante clase trabajadora urbana había surgido en los años veinte demostrando su fuerza en varios enfrentamientos importantes. Los presidentes de la dinastía flirteaban ocasionalmente con esa potencial fuente de poder político, y la conducta policial iba desde consentir a los trabajadores hasta reprimirlos. En 1925 algunos trabajadores e intelectuales, con la ayuda de líderes comunistas de Guatemala, fundaron el Partido Comunista de El Salvador”.[6]

 

La incorporación de las doctrinas socialistas a Latino América, acarrea a las décadas venideras, demandas sociales, manifestaciones masivas y la aparición del populismo, encarnado en figuras como la de Odría en Perú y Perón en Argentina.

 

Se desarrollará de esta manera, una “lucha preventiva” contra las guerrillas revolucionarias. Combatir la expansión del Marxismo-Leninismo en América Latina se convirtió, a partir de ese momento en uno de los principales móviles de las intervenciones militares. Así quedaban las puertas abiertas para las Fuerzas Armadas en la represión de los movimientos insurgentes y de los partidos de izquierda en general, que serán precisamente, su principal blanco de exterminio. El modelo cubano y la posibilidad del avance comunista eran contemplados con preocupación por los sectores conservadores que ante el temor a la revolución, aprobaban con unanimidad la represión militar.

 

            Con la inserción de la izquierda en América Latina, países como Perú, llegaron a polarizarse hasta el punto dividirse socialmente en, literalmente, dos bandos:

 

“El resultado final de este conflicto fue la integración del conjunto de la clase propietaria alrededor del ejército, en su lucha contra las fuerzas populares organizadas por el Apra y el PC. Este enfrentamiento sentó los fundamentos de un conflicto que tomó, simultáneamente, un carácter clasista e institucional —Apra y ejército— que definió la lucha política de las próximas décadas. En efecto, a partir de entonces la lucha de las clases básicas de la sociedad se expresó mediante el conflicto que contraponía el ejército al Apra, cada uno de ellos asociando en bloque a distintas clases; así el país pasó a dividirse en dos “partidos”: el aprista y el antiaprista, comandado este último por el ejército”.[7]

 

Las dictaduras se comprenden entonces, como la forma de enfrentar el desarrollo de los movimientos socialistas  que irrumpen en los años 30, con el componente antagónico de la posterior guerra fría y la consolidación de Estados Unidos como potencia internacional tras la segunda guerra mundial. Lo anterior no solo es una anécdota sino un antecedente de importancia al examinar los golpes de estado militares avalados por el imperialismo norteamericano. Lo habitual era que los militares buscaran el consentimiento de la embajada norteamericana antes de dar el golpe de estado, de esta forma obtener una mayor legitimidad y reconocimiento internacional. Esto sin contar con los quiebres del orden institucional que fueron directamente impulsados desde Washington. Estados Unidos reforzó la posición de los militares golpistas invirtiendo millones de dólares en los ejércitos latinoamericanos, especialmente con préstamos que permitieron renovar el vetusto armamento disponible. Una excepción a esta situación la protagoniza Perú y el levantamiento militar de 1968. Las determinaciones del Gobierno Revolucionario de las Fuerzas Armadas, lejos de contar con el apoyo Norteamericano, significó tensiones gubernamentales que fueron solucionadas posteriormente por la vía diplomática. El siguiente párrafo se refiere precisamente a la expropiación y toma, por parte de la milicia peruana, del complejo petrolero administrado por Estados Unidos:

 

            Al contrario de lo que se esperaba, el gobierno norteamericano respondió cautelosamente. Si bien la Standard Oil exigió el cumplimiento inmediato de la Enmienda Hickenlooper, que dictamina el corte de la cuota azucarera norteamericana a un país que no cancele de manera inmediata el valor de una empresa expropiada, las restantes compañías norteamericanas residentes en Perú presionaron ante su gobierno para que ese conflicto se encarrilara por los canales diplomáticos. Asimismo, parece que en el interior del Departamento de Estado, la experiencia cubana llevó a considerar el problema sin precipitación. Había que impedir que por las presiones norteamericanas el gobierno peruano se ´cubanizara`.

            (...)La decisión de los militares (peruanos) de actuar de esta manera no respondía por lo tanto a un oportunismo político sino a la convicción de que era necesario correr el riesgo, tal vez desmesurado, a partir del cual podían estar seguros de poder realizar la ´segunda independencia` de Perú.

La reacción norteamericana siguió siendo de extrema cautela. Estados Unidos buscó la manera de resolver las diferencias por la vía diplomática y de alejar la posibilidad de llegar a una situación de ´no retorno`.”[8]

 

Pero si las Dictaduras llegaron a concretarse, no es tan solo por el apoyo norteamericano, es porque encontraron un espacio apropiado en la sociedad latinoamericana,  heredera  de algo más que diferencias sociales de la etapa oligárquica. Una sociedad  jerarquizada, que asume y acepta el paternalismo benefactor de la clase gubernamental y el autoritarismo militar prusiano. Una sociedad que  hereda también el desprecio hacia el indígena, que si bien se mantuvo siempre en lucha constante por el acceso a la tierra, frente a la autoridad gubernamental usurpadora, fueron las dictaduras quienes reprimieron más fuertemente las comunidades existentes. En Chile, la represión militar más severa a las comunidades indígenas comenzó  meses antes del golpe de estado de 1973. Florencia Mallon retrata esta situación en el Capítulo 5 de “La Sangre del Copihue”, estudio etnográfico a la comunidad mapuche “Nicolás Ailío”:

 

            “Según Margarita Paillao, quien vivía al lado de la casa patronal que había sido convertida en oficinas del CEPRO[9], como a las nueve de la mañana llegaron tres helicópteros al ex-fundo Nehuentúe. Aproximadamente treinta hombres del ejército y la fuerza aérea bajaron de ellos y más tarde llegaron más soldados en camiones militares desde Puerto Saavedra. Rompieron las puertas al allanar las casas, incluyendo la suya que servía de centro de madres y desde la cual ella ayudaba a administrar la posta que se había establecido en la casa patronal. (...) A su compañero Orlando Beltrán, presidente del CEPRO y uno de los miembros originales del grupo que había iniciado la toma el año anterior, lo ataron a la cintura y lo colgaron de un helicóptero, paseándolo por el ex-fundo para forzarlo a confesar dónde habían escondido las armas. Beltrán pasaría cinco años en la cárcel, endémicamente enfermo a causa de la tortura (...) Esta operación militar que se dio en la zona de la costa, todavía en democracia, dos semanas antes del golpe del 11 de septiembre, era parte de una serie de allanamientos hechos por las Fuerzas Armadas bajo la justificación de la ley de control de armas.”[10]

 

La Imagen del Dictador

 

Aunque la presencia militar es constante en toda la historia de la América independiente, es en las décadas de los 60 y los 70 que  los golpes militares se hicieron algo corriente. Un general, o coronel, con apoyo de sus compañeros se lanzaba a la conquista del poder. O bien, una corporación militar en pleno, intervenía en la vida política. Sin embargo, y a pesar de resaltar que las intervenciones han sido generalmente corporativas, en el imaginario Latinoamericano ha perdurado indeleble la figura del Dictador.

 

No se puede dejar de reconocer aquí,  la incidencia de las características personales del dictador en la percepción de las dictaduras. El dictador  asume el rol de líder de un grupo político asociado a la burguesía, al conservadurismo, o a la derecha. Personalidades obsesivas, egocéntricas, con componentes sicopáticos, de alto carisma y poder de convencimiento. Los dictadores encarnan la fantasía paternalista del protector-benefactor del pueblo. Asume las características del “Príncipe” de Maquiavelo. El poder se concentra en la figura del dictador, aunque es común observar a otros representantes que ejercen la dirección del país bajo la manipulación del cabecilla del gobierno. Stroessner en Paraguay, Videla en Argentina, Pinochet en Chile, proyecta una perturbadora imagen humana que ha sido objeto constante de la  literatura, intentado aprehender las distorsionadas personalidades de dictadores como Rafael Leonidas Trujillo (República Dominicana), en  “La Fiesta del Chivo” (Mario Vargas Llosa):  

 

            “(El “Benefactor” Trujillo habla al Presidente Balaguer) -Voy a decirle algo que le va a complacer, Presidente- dijo de pronto-. Yo no tengo tiempo para leer las pendejadas que escriben los intelectuales. Las poesías, las novelas. Las cuestiones de Estado son demasiado absorbentes. De Marrero Aristy, pese a trabajar tantos años conmigo nunca leí nada. Ni Over, ni los artículos que escribió sobre mí, ni la Historia Dominicana. Tampoco he leído las centenas de libros que me han dedicado los poetas, los dramaturgos, los novelistas. Ni siquiera las boberías de mi mujer las he leído. Yo no tengo tiempo para eso. (...) Pero hay una excepción. Un discurso suyo hace siete años. El que pronunció en Bellas Artes, cuando lo incorporaron a la Academia de la Lengua. ¿Lo recuerda?.

            El hombrecito se había encendido todavía más. Irradiaba una luz exaltada, de indescriptible júbilo: «Dios y Trujillo: Una interpretación realista» -murmuró, bajando los párpados.

            Lo he releído muchas veces –chilló la meliflua vocecita del Benefactor-. Me sé párrafos de memoria, como poesías.”[11]

 

 

 

 

 

Represión y Derechos Humanos

 

Las dictaduras militares junto a un modelo económico y un considerable retraso artístico-cultural que sería difícil de exponer en este trabajo, nos legaron además el problema de los derechos humanos que marcan a América Latina.

 

Se caracterizaron por incorporar a la  memoria colectiva el horror de la tortura y violación de derechos humanos. Todas las dictaduras latinoamericanas fueron sangrientas. En un proceder que acusa la ideología alemana nazi que legitima la posibilidad de eliminar físicamente y por medios legales, al que se considere enemigo, entendiendo a este último como opositor al gobierno dictatorial.

“Estos regímenes, apoyados por las Fuerzas Armadas se caracterizaron por su afán desmovilizador y su represión exacerbada en contra de la disidencia política. En Argentina, Chile y Uruguay esta represión comenzó inmediatamente a la usurpación violenta del poder y el derrocamiento de los gobiernos constitucionales. Brasil tuvo su represión más cruda al finalizar la década de los años sesenta cuyo objetivo era aplastar los focos guerrilleros que se habían logrado levantar durante los cuatro años anteriores de dictadura. Argentina y Chile fueron los países en los que se vivió la represión clandestina de manera más violenta. En Uruguay la represión se caracterizó por ser más selectiva y dirigirse principalmente a un control de la sociedad civil impidiendo la apertura de canales de participación. Pero fue la dictadura del General Stroessner en Paraguay (1954-1989) el modelo articulador para el resto de las dictaduras latinoamericanas. Éste fue elogiado por sus análogos y por el gobierno norteamericano, al resaltar su capacidad para mantener la "paz social a cualquier costo", en otras palabras, por su eficacia en el control de la subversión”.[12]

A través de la metodología represiva eliminaron toda posibilidad de disidencia política y se materializaron a través de figuras delictivas como: detenciones ilegales y secuestros, seguidas, en la mayoría de los casos de homicidios y desapariciones forzadas previa tortura de las víctimas, todas ellas generalmente pertenecientes a los partidos Comunistas y Socialistas, así también integrantes de focos guerrilleros.

La represión militar de las décadas 60-80 tuvo una característica tristemente particular en América Latina: la colaboración entre los dictadores sudamericanos para establecer una organización represiva internacional denominada “Operación Cóndor”, que ejecutó un plan sistemático y minuciosamente organizado para lograr la vigilancia, detención y tortura de los opositores al régimen, más allá de las fronteras.

Finalmente, es necesario advertir que la proliferación de las dictaduras no sólo se debió al carácter sumiso de la sociedad latinoamericana. El modelo monoproductor  exportador que explotó la etapa oligárquica, concluyó con el empobrecimiento y retraso de los países centro y sudamericanos, por lo que la carta de presentación de las dictaduras fue la modernización infraestructural, la apertura a los mercados internacionales y la inserción de la idea de progreso a cualquier precio. Esto último es efectivamente literal al examinar las políticas de endeudamiento llevadas a cabo, que posteriormente azotaron al continente con la “deuda externa”. 

La ruta hacia el progreso, unido a la inyección de un componente ideológico “nacionalista” determinó también las largas décadas de dictaduras militares latinoamericanas. Curiosamente, la reformulación del aparato productivo, con los consecuentes cambios del modelo económico que instauraron las Dictaduras Militares, enterraron definitivamente a la clase oligárquica que fue, paradojicamente quien permitió el ingreso de las Dictaduras Militares a América Latina.

 

 

 

 

CLAUDIA GONZÁLEZ CASTRO

 

 

 

 

 

 

 

BIBLIOGRAFÍA

 

 

·        Reihart Koselleck, “Modernidad”: En Futuro Pasado. Para una Semántica de los Tiempos Históricos, Barcelona, Paidos, 1998, pp287-332.

 

 

  • Burns, Bradford, “La Modernización del Subdesarrollo: El Salvador, 1858-1931”, Santiago de Chile, Instituto de Estudios Contemporáneos, IEC, 1985, pp. 89-119

 

 

  • Cavarozzi, Marcelo, “El Orden Oligárquico en Chile, 1880-1940”, en Desarrollo Económico Nº 70, Santiago de Chile, Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales, FLACSO, Julio-Septiembre 1978, pp. 231-263.

 

  • Quiroga Z., Patricio, “El Predominio de las Oligarquías y la Prusianización de los Ejércitos de Chile y Bolivia (1880-1930)” en Estudios Historiográficos, año 1, Nº 1, Valparaíso, Chile, Universidad de Valparaíso, 2002, pp. 119 ss.

 

 

  • Cotler, Julio, “Perú: Estado Oligárquico y Reformismo Militar”, en VV.AA., América Latina, Historia de Medio Siglo, México, Siglo XXI Editores, 1977,pp. 373-423.

 

 

·        Florencia Mallon, La sangre del Copihue, Santiago, LOM Ediciones, 2004, pp.133-134.

 

 

·        Mario Vargas Llosa, La Fiesta del Chivo, Santiago, Alfaguara, 2000, pp. 291-292.

 

 

 

·        J. C. Gutiérrez Contreras y Myrna Villegas Díaz, Derechos Humanos y Desaparecidos en Dictaduras Militares.

 www.nuncamas.org/investig/biblio_contrer_diaz  

 

 



[1] Reihart Koselleck, “Modernidad”: En Futuro Pasado. Para una Semántica de los Tiempos Históricos, Barcelona, Paidos, 1998, pp287-332.

[2] Burns, Bradford,* “La Modernización del Subdesarrollo: El Salvador, 1858-1931”, Santiago de Chile, Instituto de Estudios Contemporáneos, IEC, 1985, pp. 89-119

 

[3] Cavarozzi, Marcelo, “El Orden Oligárquico en Chile, 1880-1940”, en Desarrollo Económico Nº 70, Santiago de Chile, Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales, FLACSO, Julio-Septiembre 1978, pp. 231-263.

 

[4] Quiroga Z., Patricio, “El Predominio de las Oligarquías y la Prusianización de los Ejércitos de Chile y Bolivia (1880-1930)” en Estudios Historiográficos, año 1, Nº 1, Valparaíso, Chile, Universidad de Valparaíso, 2002, pp. 119 ss.

 

[5] Burns, Bradford, “La Modernización del Subdesarrollo: El Salvador, 1858-1931”, Santiago de Chile, Instituto de Estudios Contemporáneos, IEC, 1985, pp. 89-119

[6] Ibídem.

[7] Cotler, Julio, “Perú: Estado Oligárquico y Reformismo Militar”, en VV.AA., América Latina, Historia de Medio Siglo, México, Siglo XXI Editores, 1977,pp. 373-423.

 

[8] Cotler, Julio, “Perú: Estado Oligárquico y Reformismo Militar”, en VV.AA., América Latina, Historia de Medio Siglo, México, Siglo XXI Editores, 1977,pp. 373-423.

 

 

[9] CEPRO: Centro de Producción. Unidad de tierra, compuesta por múltiples propiedades, administrada por el estado, creadas por la reforma agraria durante la Unidad Popular

[10] Florencia Mallon, La sangre del Copihue, Santiago, LOM Ediciones, 2004, pp.133-134.

[11] Mario Vargas Llosa, La Fiesta del Chivo, Santiago, Alfaguara, 2000, pp. 291-292.

[12] J. C. Gutiérrez Contreras y Myrna Villegas Díaz. Derechos Humanos y Desaparecidos en Dictaduras Militares, www.nuncamas.org/investig/biblio_contrer_diaz  

 
 


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